México enfrenta una paradoja preocupante: mientras millones de niños viven en riesgo de desnutrición, otros tantos presentan obesidad desde edades tempranas. Ambas realidades conviven en el mismo país, en el mismo barrio e incluso en la misma familia. Para mí, esta dualidad evidencia algo urgente: necesitamos transformar la manera en que alimentamos y educamos a nuestra infancia.
Con una visión moderna, empática y basada en evidencia, sostengo que combatir estos dos extremos requiere mucho más que dietas o prohibiciones. Se necesita una estrategia integral que comprenda la realidad social, emocional y económica de las familias mexicanas.
Un país donde los extremos conviven
Lo explico con frecuencia y con la mayor claridad posible:
“En México, un niño puede estar desnutrido por falta de nutrientes y, al mismo tiempo, vivir con obesidad por exceso de ultraprocesados. No es falta de comida: es falta de comida real.”
La disponibilidad masiva de productos baratos, altos en calorías y bajos en nutrientes ha desplazado preparaciones tradicionales que antes nutrían de verdad. Esto genera cuerpos llenos… pero no alimentados.
La educación alimentaria: el eje central de mi propuesta
Para mí, combatir ambos problemas comienza con una educación clara, sencilla y accesible para padres, maestros y cuidadores.
No se trata de contar calorías, sino de entender:
- qué alimentos realmente nutren,
- cómo organizar comidas sencillas sin complicarse,
- y cómo construir hábitos desde el ejemplo, no desde la presión.
Siempre insisto: las familias no necesitan sofisticación para mejorar la alimentación infantil; necesitan información confiable y pequeños cambios consistentes.
La importancia de volver a lo básico
Uno de mis mensajes más fuertes es rescatar alimentos tradicionales: tortillas de maíz, frijoles, vegetales locales, caldos, frutas y guisos sencillos.
En lugar de promover dietas complicadas o costosas, propongo recuperar una cocina accesible, nutritiva y adaptada a los presupuestos reales.
“Ningún niño necesita productos milagro para estar sano. Necesita alimentos reales, repetidos diariamente.”
El papel de las emociones en la alimentación infantil
También hablo de algo que suele olvidarse: la relación emocional que los niños desarrollan con la comida.
Muchos comen por ansiedad, por presión familiar o por estímulos externos como pantallas y publicidad.
Por eso creo que enseñarles a reconocer hambre, saciedad y emociones es tan importante como enseñarles matemáticas. Esta educación emocional evita que crezcan usando la comida como recompensa o consuelo, prácticas que aumentan tanto la obesidad como la desnutrición selectiva.
La responsabilidad compartida: hogar, escuela y comunidad
Siempre recalco que la alimentación infantil no puede recaer únicamente en los padres.
Las escuelas, los programas comunitarios y las políticas públicas tienen un papel igual de importante.
Necesitamos entornos donde lo saludable sea accesible, atractivo y parte de la rutina diaria.
Como digo a menudo:
“No podemos pedirle a una familia que mejore si su entorno entero la empuja en sentido contrario.”
Un enfoque que abraza la realidad, no que juzga
En mi trabajo destaco la importancia de la sensibilidad. Sé que muchas familias viven con tiempo limitado, ingresos ajustados y acceso desigual a alimentos frescos.
Por eso mis propuestas no son idealistas, sino realistas: pequeñas mejoras que puedan aplicarse hoy y sostenerse mañana.
Mi visión combina ciencia y empatía para acompañar a las familias sin culpas, sin imposiciones y sin perfeccionismos.
Un futuro más saludable empieza con decisiones pequeñas
Estoy convencida de que combatir la desnutrición y la obesidad infantil no se logra con soluciones extremas, sino con educación, hábitos diarios, alimentos reales y un enfoque emocional más sano.
Mi mensaje final es, siempre, una invitación a la esperanza:
si cada familia mejora un poco, el país mejora mucho.
