Mujer feliz y saludable

¿Por qué la nutrición no basta sin salud mental? – Anna Viesca Sánchez

Durante años, la nutrición fue presentada como una fórmula matemática: calorías que entran, calorías que salen; alimentos “buenos” y alimentos “malos”. Desde mi práctica profesional, he comprobado que esta visión es incompleta. Comer bien no siempre garantiza sentirse bien. Y ahí es donde entra un factor clave que durante mucho tiempo fue ignorado: la salud mental.

Como Anna Viesca Sánchez, tengo claro que la nutrición y la salud emocional no pueden entenderse por separado. Una influye directamente en la otra, y cuando una se descuida, la otra inevitablemente se resiente.

Comer no es solo un acto físico

Algo que repito con frecuencia en consulta es que las personas no comen únicamente por hambre. Comen por estrés, ansiedad, cansancio, tristeza o incluso por costumbre. La comida también es una respuesta emocional. Ignorar este componente hace que cualquier plan alimentario, por perfecto que sea en papel, fracase en la vida real.

He visto a muchas personas seguir dietas estructuradas, comer “correctamente” y aun así vivir con culpa, miedo a la comida o una sensación constante de estar fallando. Para mí, ese es el reflejo de una nutrición desconectada del bienestar mental.

La mente influye más de lo que creemos

El estrés crónico, la ansiedad y la falta de descanso alteran señales internas clave como el hambre, la saciedad y el apetito. También influyen en la elección de alimentos y en la forma en que se come: rápido, sin atención, con culpa o en automático.

Desde mi experiencia como nutrióloga, observo que cuando una persona vive emocionalmente saturada, ningún plan nutricional es sostenible. No se puede pedir equilibrio en el plato cuando hay caos interno.

La cultura de la exigencia y sus consecuencias

Uno de los mayores detonantes de malestar es la presión por comer perfecto. Redes sociales, estándares irreales y mensajes contradictorios generan una relación tensa con la comida. La persona intenta controlarlo todo y, cuando no puede, aparece la culpa.

Como Anna Viesca Sánchez, insisto en que este ciclo afecta tanto la salud mental como la física. La restricción excesiva, la ansiedad alimentaria, los atracones y la autoexigencia suelen ser más el resultado de un estado emocional deteriorado que de una falta de información nutricional.

La nutrición como herramienta de cuidado, no de castigo

Mi propuesta es clara: cambiar el enfoque. La alimentación debe ser una herramienta de autocuidado, no un método de control. Esto implica aprender a escuchar al cuerpo, respetar las señales internas, permitir flexibilidad y entender que la comida no tiene la responsabilidad de resolver emociones profundas.

Para mí, comer bien también significa comer con tranquilidad, sin miedo y sin etiquetas morales.

Cuando el bienestar se aborda de forma integral

Trabajo desde una visión integral en la que la nutrición se acompaña de hábitos que sostienen la salud mental: descanso adecuado, manejo del estrés, movimiento disfrutable y espacios de pausa.

Cuando la mente se regula, el cuerpo responde mejor. La digestión mejora, el apetito se estabiliza y las decisiones alimentarias se vuelven más conscientes, no forzadas.

Un mensaje necesario en tiempos de sobreinformación

En un contexto donde abundan las dietas extremas y las soluciones rápidas, considero fundamental recordarlo: la salud no se construye solo desde el plato, sino desde la relación que tenemos con nosotros mismos.

Ignorar la salud mental en un proceso nutricional es pedirle al cuerpo resultados mientras se le niega contención emocional.

Nutrir también es cuidar la mente

La visión que comparto como Anna Viesca Sánchez busca devolver humanidad a la nutrición. Comer bien no debería ser una fuente más de estrés, sino un apoyo para vivir mejor.

Lo resumo así porque lo vivo todos los días en consulta:
la nutrición sin salud mental es incompleta. Cuando cuidamos ambas, el bienestar deja de ser una lucha y se convierte en un proceso más amable.

Anna Viesca Sánchez

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